lunes, 6 de marzo de 2017

Dumas

¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan imbéciles la mayor parte de los hombres?... Debe ser fruto de la educación. (Alejandro Dumas)

martes, 22 de septiembre de 2015

Posible principio del siguiente Tomo de la Novela

Felipe se frotaba la cara en un afán de ordenar las ideas, intentaba imponerse un orden adecuado para acomodarlas en palabras que integrasen a su vez, frases no solo legibles sino comprensibles. Finalmente optó por una redacción y dio rienda suelta a escribir con aquella pluma negra. La noción de la atmósfera que le rodeaba desapareció, bastaba con que la luz que provenía del ventanal cercano fuese suficiente. Su mente se abandonó en aquellas ideas y su mirada se transfiguró sobre las hojas en blanco sobre el escritorio, las que se cubrían gradualmente de ideas expresadas en letras frente a él. Tras unos minutos que bordeaban en lo frenético se detuvo y leyó lo escrito: "El tiempo y su dimensión terminan siempre por imponerse en la sempiterna realidad. Hoy, ayer... la realidad es un cambio constante, con sus altas y bajas, dulces y amargas, y nosotros cambiamos con ella queramos o no. El reacomodo de la memoria nos convierte en seres distintos, ahora somos, y fuimos, varios otros del que hemos sido en realidad. La percepción nos ha hecho cómplices de un redibujo de nuestra propia imagen, hemos arrancado páginas de las memorias sea porque las entendemos inútiles, incómodas cual pesadas losas, o bien por un afán de representarnos a nosotros mismos como deseamos hacerlo, justificándonos. El tiempo, mi tambaleante tiempo, ha sido largo y no puede estar exento de la trampa de la edición de la historia propia para limar errores. En estas letras he intentado ser honesto al menos con ellas, ignoro si haya tenido éxito en tan aventurado esfuerzo. Ahora tengo la seguridad de que existen no pocos, aunque menguantes en número, individuos congelados en una condición de longeva inapetencia vital semejante a la mía, sin duda de ellos y de los que nos precedieron proviene todo ese auge que pule, esconde y acaricia mediante la imaginación, la fantasía real y llena libreros de mitos históricos, acicalando la imagen de aquello que nos convirtió en un hito y nos dio la mítica forma e intensidad, particularmente cuando aprendemos, unos más otros menos, a dominar lo inconcebible antes de que ello nos domine a nosotros. Somos la imagen del autor en el espejo, aquello en que nos ha convertido nuestro propio Frankenstein. Ya no tengo esa fuerza en los ojos y la mirada como años atrás. Mi vista se ha nublado y aunque aún puedo ver en la obscuridad, necesito gafas para ver los objetos que se esconden tras una cortina opaca, borrosa, sin un contorno definido. La deformidad, la mancha, se ha tragado a la línea. La luz, que años atrás causaba estragos por su devoradora intensidad en el interior de mis ojos ahora, frente a mi confusa visión de la obscuridad, se ha convertido en una nueva ayuda para dar forma a los claroscuros que definen los objetos. Reniego del ostracismo en esta silla de ruedas dada la debilidad de mis huesos. Si bien mi piel es aún tersa, mi apariencia es la de un hombre maduro y los músculos responden a los estímulos, no acierto aún a acostumbrarme a esa sensación de experimentar que el tiempo transcurre en trozos de mi anatomía, es terrible este sentir de merma física y mental, desespera saberse joven y viejo a la vez. Sé bien que no tardarán en encontrarme, saber quién soy en realidad. Tal vez mi vida fue solo un paseo entre múltiples eventos. Sin embargo, aun tras haber visto, vivido o experimentado tantas cosas estoy seguro de que ningún libro salvo, tal vez, este escrito, recogerá mi verdadero nombre." Volvió a leer lo que acababa de escribir, se detuvo unos momentos, cambió las palabras “Reniego del ostracismo” por “llevo tres meses”. Sin quedar satisfecho rayoneó lo recién escrito y trazó una línea hacia afuera de su formato de escritura para marcar de nuevo ‟Reniego del ostracismo”. Puso la tapa a la pluma fuente y la depositó sobre el viejo escritorio. No tardaría en aparecer por la puerta de la habitación el doctor Enseñat, discípulo y conocedor de varios de los secretos y descubrimientos de su finado maestro, Rolando Carmona, el que fuera amigo y compañero de Felipe desde su infancia. “Vendrá a regañarme como es su costumbre —pensó—, hoy le dejaré hablar y marcar su paso sin hacerle caer en contradicciones, de todas maneras sé bien lo que dirá aun cuando pretenda sorprenderme para hacerme agradable el día. Finalmente, con los años, me ha demostrado su aprecio. Además no tengo gana alguna de discutir con él y es agradable que alguien me visite todavía”.

miércoles, 15 de abril de 2015

De Calambre en calambre

Apenas despertar, tal vez por el frío de las losetas al bajar de la cama, el pie derecho de René se acalambró, los cinco dedos sufrían un encorvamiento hacia adentro y estaban absolutamente rígidos. Como solía padecer de calambres en temporada de frío no fue algo tan imprevisto, si bien nunca había sucedido con los cinco dedos en forma simultánea. Comenzó a frotar la parte superior del empeine que era normalmente el punto en donde se encuentran los nervios y el paso principal de las venas. En esta ocasión fue muy lenta la recuperación, frotaba con la punta del dedo pulgar de la mano en forma circular en la zona, la presión que ejercía era firme pero sin poner demasiada fuerza. Finalmente fueron cediendo los tendones y los dedos comenzaron a relajarse. El dolor se reproducía en parte en la zona interna de la pantorrilla, por lo que procuró distender con ambas manos los músculos de la misma. Si bien todo parecía relativamente normal ahora había una secuela de un dolor ligero al interior de la parte inferior de la pierna. 
René se aventuró a intentar erguirse a un costado de la cama. Por unos momentos parecía que regresaba el calambre y uno de los dedos del pie comenzó a tensarse. Como estaba ya de pie optó por poner encima de los dedos la planta del pie izquierdo, para sobar y ejercer peso sobre esa zona. Respiraba hondo, inflando los cachetes y sacando despacio el aire, ignoraba si eso servía pero era como un acto reflejo.
Notó que la frente sudaba en frío, algún mecanismo interno del cuerpo aunado al temor que trajo consigo el calambre inicial habían provocado ese sudor, y lo más probable era que también hubiese palidecido la cara. Cómo ratificarlo si el espejo más próximo estaba a varios metros. El teléfono de la sala sonó varias veces. Dejó que sonara, prefería evitar moverse hasta la sala y provocar el regreso del calambre. Plantó ambos pies sobre la loseta, flexionó varias veces las rodillas para forzar los músculos de los dedos de ambos pies, todo iba bien, no había dolor ni la sensación de calambre alguno.
Observó el reloj en la pared enfrente de la cama, tenía tan solo escasos quince minutos para vestirse y salir rumbo a la oficina. Dio varios pasos y tan solo había ese leve dolorcillo que deja tras de sí una sorpresiva tensión o inflamación repentina en músculo o tendón. No tenía tiempo ya para un baño, de manera que comenzó a vestirse con velocidad, todo iba bien hasta el momento de amarrarse los zapatos. Sintió la llegada muy gradual de algún musculo que se tensaba. Apoyó el pie, con todo y zapato sobre el piso y volvió a hacer genuflexiones con ambas piernas. 
Había logrado detener la sensación. Volvió a respirar hondo inflando los cachetes y soltando despacio el aire. Hubo algo de relajación de los nervios, los cuales comenzaban a dar latigazos con la prisa, el tiempo que ya había transcurrido, cada segundo parecía escaparse, sin poder asirse a ellos. Meditó por unos momentos, sería ilógico aventurarse en manejar el automóvil. Un regreso de ese tipo de calambre podía resultar complicado para controlar el vehículo. Tendría que tomar el microbús, afortunadamente pasaban constantemente justo afuera de la casa, y esa ruta lo llevaba directamente a la oficina.

«¡Carajo, por qué razón soy tan necio en seguir fumando y comiendo carnes casi crudas, y de cerdo además! Aun sabiendo que mis niveles de colesterol son altos, idiota, necio, estúpido» —Pensó René en tanto se aproximaba a la parada de autobús.
En esos malos tratos y auto-flagelos estaba cuando se abrió la puerta del microbús. No menos de cinco o seis personas se agolparon para intentar subir ya que la Combi volkswagen del año del caldo se veía medio llena. Como estaba al frente cuando llegó, se sintió empujado hacia adentro de la vagoneta. No había asiento alguno libre, sin embargo un joven que intuyó algo en los gestos del rostro de René se levantó y le cedió el asiento. Se acomodó lo mejor posible y le hizo un gesto de agradecimiento al joven con la mano. La Combi reinició su marcha y todo parecía ir sobre ruedas. No fue sino a escasas dos calles del edificio de la oficina, cuando la vagoneta hizo un giro imprevisto que obligó a un brusco movimiento de los pasajeros lo que detonó un nuevo calambre, esta vez justo en la planta del pie. El arco del pie se puso rígido y el dolor crecía y subía por la pierna. René pidió ayuda a las personas que estaban más cercanas para ponerse en pie y poder lidiar con el dolor. El mismo chico que le había cedido el asiento le ayudo a ponerse de pie. La vagoneta se acercaba al edificio donde estaban las oficinas.
—En la siguiente esquina por favor.-Le solicitó al chofer.
Se abrió la puerta al llegar a la esquina y el joven, adivinando el dolor en el rostro de René, bajó antes que él y le ayudó a descender despacio. Nadie chistó siquiera, entendían que René tenía problemas con su pierna en esos momentos. Una vez que estuvo parado afuera del vehículo, el mismo joven se ofreció para ayudarle a llegar a su oficina, a lo que René se negó. Le agradeció y le vio subir de nuevo a la vagoneta.
La entrada al edificio quedaba a escasos veinte metros de donde estaba parado. Junto a él había una banca en la caseta del paradero de autobuses. El dolor no había desaparecido si bien había menguado. Optó por sentarse en la banca mientras lidiaba con el calambre. Se quitó el zapato y comenzó a sobarse la planta del pie, la cual estaba exageradamente sensible. Tomó del bolsillo de la camisa su teléfono móvil y marcó un número.
—Buen día, está usted hablando a laboratorios Sensagen, ¿en qué puedo servirle?
—Anita, soy René, ¿Podrías pedirle a Helena si puede bajar a ayudarme para subir a la oficina?, me duele mucho una pierna. Estoy sentado en la banca de los autobuses.
—¡Claro licenciado! Ahora mismo le digo.
Un par de minutos y una sobredosis de masajes después, se apareció Helena:
—Licenciado, ¿qué le sucedió?
—Llevo ya un buen rato con un calambre en el pie. ¿Me ayudarías a subir?
—¿Lleva mucho con eso?
—Más que lo suficiente para hacer del calambre un amigo. Por favor ayúdame.
—Mmm… no le aconsejo que se presente ahora allá arriba. Están los auditores de Impuestos y llegaron con la espada desenvainada. Le hablé a su casa pero al parecer ya no estaba…

René se llevó la palma de la mano a la cara; el estómago se había encogido y un sabor ácido subía por el esófago. “¡Menudo día!”

domingo, 29 de marzo de 2015

Convencido...

PRIMERA PARTE
Nos encontrábamos en la recámara, tumbados en la cama viendo televisión. Solíamos aprovechar el sábado para ver las repeticiones de las series televisivas que nos gustaban y comenzaban a las diez de la noche.
Kevin Spacey, en su rol de presidente de los Estados Unidos está a punto de orinar sobre la tumba de su padre en el cementerio...
De pronto escuchamos el timbre de la puerta de entrada al departamento seguido, segundos después, de golpes suaves y espaciados de nudillos sobre la puerta. Ema y yo nos miramos a los ojos. Ninguno quería perder la secuencia de lo que sucedería en ese episodio. La mirada de Ema se volvió suplicante, me susurró «Alec, ve tu». Así que me levanté para ir a ver quién tocaba a la puerta.

Observé por la mirilla de la puerta y pude ver a un hombre, con pants negros, cabello largo y rizado bajo el cuello; tenía gafas de grandes aros y miraba despreocupadamente al suelo.
—¿Quién toca?
—¿Es suyo el Automóvil Honda con placas de California?
—Así es ¿Puedo saber quién es usted?
—Mi Nombre es Tierry Aleixandre, vengo a devolverle algo que olvidó hace un par de días en el bar Tatum´s. —Metió la mano en el bolsillo de su sudadera, extrajo un teléfono móvil y lo colocó cerca del visillo. “Es exactamente igual al mío”, pensó Alec.
Abrí la puerta y le invité a pasar. No entiendo por qué pero su cara tenía un extraño aire familiar, rostro un tanto duro, tal vez semejante a Mickey Rourke. Sus ojos ahora le parecían infinitos, profundos, pupila negra dilatada. Alec le sugirió pasaran a sentarse junto al bar, y se sorprendió a sí mismo con ese gesto.
El extraño se quitó los grandes lentes y se sentó, plácido, en uno de los bancos altos del bar. Lo observé, su cara tenía la piel de un adulto mayor, quebrada en decenas de pequeñas arrugas, quemada por el tiempo, cuerpo robusto. Si, quizás como Mickey Rourke...
Le pedí el móvil y apenas me lo entregó pude ratificar que sí era el mío, tenía la muesca en una esquina debida a una caída semanas atrás. Lo encendí, tenía todos los datos de siempre. El único problema es que mi móvil estaba hace apenas unos minutos sobre la cómoda de la recámara.
—Permítame un minuto, voy a revisar algo —Dije con aire de autoridad y me dirigí a la recámara. La cama estaba tendida, no estaba Ema ni el teléfono sobre la cómoda. El estómago se me hizo nudos y regresé a la sala. Allí seguía estando aquel extraño cuyo rostro me era familiar.

SEGUNDA PARTE
—Me permití recoger su móvil después del incidente —comentó en una voz pausada y relajada.
—¿A qué incidente se refiere? —Por la mente de Alec pasaron vertiginosamente las imágenes y recuerdos de dos noches atrás, en el bar Tatum´s: un lugar conocido, una agradable costumbre. El lugar solía estar lleno de humo de tabacos. Esa noche estaban sentados frente a la amplia y larga barra en la que Alec y sus amigos tomaban una y otra copas del acostumbrado whisky. Recordó la charla sobre las mujeres que asistían al bar, el juego de adivinar sus vidas tan solo con observar sus gestos, su lenguaje corporal, sus miradas. Antes de las once Mike había ya pagado la cuenta, tras lo cual se dirigieron a la pequeña estancia de recepción del bar para salir al estacionamiento del lugar. Alec consultaba su  móvil para saber si tenía mensajes mientras que Mike y Jeff bromeaban sobre las torneadas piernas de la recepcionista… ahí acababan los recuerdos.
Trató de forzar su mente, de presionarse para saber y recordar algo más.
—Ya llegó al momento exacto —susurró aquél extraño visitante con una cara conocida—, ahora es tiempo de ver el video, enciéndalo.
* * *

TERCERA PARTE
Alec le miró, esas palabras le dejaron atónito. Regresó la vista al móvil que sostenía en la mano. Buscó nerviosamente en la aplicación de videos tomados. La más reciente tenía un título largo, ininteligible, como solían quedar cuando no se añadía un nuevo título.
Pulsó en reproducir. La imagen que apareció primero era la de su propia cara mencionando lo idiota que Jeff se había comportado en esa ocasión. Acto seguido se levantaron de la barra del bar, Alec parecía no saber que había seguido grabando con el móvil, los movimientos eran caóticos, las charlas superfluas hasta que se centraron en la imagen de la recepcionista del bar y hubo un perfecto zoom hacia las piernas de aquella mujer. Escuchó las sabrosamente cochinas bromas sobre lo bien torneadas que tenía las piernas; un último zoom a la cara de aquella chica, su mirada de coquetería. Y de nuevo el caos de movimientos, sonidos de despedidas, Mike habla sobre su mujer unas palabras que no se alcanzan a oír claramente. La imagen campaneante del suelo del estacionamiento, un alto en el trayecto, una voz masculina, ronca, que le amenaza, los zapatos de aquel extraño, un giro del móvil, lentamente sube la imagen hacia la cara del individuo y se para la imagen abruptamente con el sonido de un disparo; el móvil cae al suelo… y se apaga.
Alec, aterrorizado, levanta la mirada del teléfono hasta la cara de aquel hombre: «Es usted»
Aquel extraño de cara conocida tan solo sonríe.
—Esto no es factible, debo estar soñando, arriba en mi cama. —Refutó Alec.
El extraño se encogió de hombros y dijo:
—Te maté, pero tú no quieres darte cuenta.

Segundos después, se abrió la puerta del departamento y entraron por ella Ema y su hermana Virginia, ambas vestidas de negro cubiertas con mantillas negras y gafas obscuras. Apenas entrar, Ema vio a su alrededor y se rompió en un mar de lágrimas.
Alec ya no la podía ver, se había convencido de estar muerto.

* * *

¿QUÉ OCURRIÓ CON LAS CARTAS DE ZORIÓN? por Julio Iñaki Zuinaga Bilbao

¿QUÉ OCURRIÓ CON LAS CARTAS DE ZORIÓN? por Julio Iñaki Zuinaga Bilbao : Libro de intriga ante la posible existencia de un mundo paralelo; ca...